El reto constante e intenso de un viajero – vincularse y desvincularse – holas y hasta luegos

Estar de viaje de larga duración es una de las experiencias maravillosas que todo el mundo debe hacer al menos una vez en la vida. Enriquecedora y cada día da oportunidad de aprender algo nuevo sobre ti mismo, sobre el mundo, sobre personas, sobre universo y/o cualquier tema inesperado.

En este mix de sensaciones y aprendizajes nuevos también se añaden los momentos difíciles. Estos momentos no dejan de ser también experiencias que enriquecen la personalidad, pero tienen una carga emocional mucho mayor así dejan un impacto diferente en la personalidad.

Estar de viaje significa estar en un bucle constante de partir de un lugar, llegar a otro, estar presente y de nuevo irse. Con el tiempo también empiezan a aparecer los momentos de volver, que es un llegar diferente de lo anterior.

Para mí todo este círculo es una de las cosas más difíciles, estoy quedando en cada lugar dónde hago voluntariado 3-4 semanas y en cada país 1-3 meses dependiendo de los proyectos que encuentro y cómo me siento.

En todos los lugares empiezas desde cero, siendo una nueva persona y sólo tú sabes que sí eres la misma de antes y confías que puedes sacar lo mejor de ti para compartir con las nuevas personas también.

Hay un momento de tensión al inicio, cómo son las nuevas personas, cómo conectas con cada una y cómo va a ser tu nueva ser percibida por estas nuevas personas. Al final solo existimos por el reflejo del resto de las personas, estando solos bajamos nuestro nivel de existencia, dado que si no interactúas dejas de formar parte de dinámicas del grupo y de las experiencias compartidas, no tienes feedback, ni tienes impacto en las personas. Es importante tener ratos con tu mism@ sol@, pero somos seres sociales que funcionan en base a las relaciones y vínculos.  

Volviendo a los momentos tensos de inicio de relaciones, repente hay relámpagos, tormentas, niebla, río enorme sin puente, torres, intercambio de miradas profundas que penetran hasta darte piel de gallina, puertas abiertas a salones cómodos, una selva que te da ganas de desmontar con machete lo antes posible y un sinfín de sensaciones diferentes de primeras impresiones de cada persona. Se mezclan con las sensaciones que todavía estás procesando de haber dejado hace muy poco las personas anteriores, todo es como estar en una lavadora de emociones.

Y poco a poco empiezas a ser parte, conocer las historias personales y profesionales de las personas, tener vínculos, empiezas a enamorarte o asustarte y sabes que tu tiempo es limitado. Provocas compartir ratos para vivir al máximo posible y aprender el máximo posible de cada una de ellos. Intentas entender qué parte de tu personalidad está vinculándose con quién y así saber qué parte de tu personalidad está siendo activada. Encuentras los apoyos que te tranquilizan, los que sabes que estarán encantados de compartir locuras, los que son profesores natos, los que serán tu guía en la nueva comunidad y también personas que te atraen de maneras irresistibles que no puedes explicar.

Y llegas a la fase de Estar presente:

Experiencias compartidas te vinculan a estas personas maravillosas que ofrecen compartir su vida contigo. Y empezáis a vivir momentos que solo vosotros vais a recordar, son vuestros para toda la vida. Muchas risas, sudor, retos, cavar, plantar, robar plantas, ir a la playa, a correr, al bosque, encontrar ese árbol mágico que os abraza a la vez, cocinar o solo estar haciendo activamente nada, estar juntos y presente compartiendo el momento. Son los días que te dejan algo de descanso de la montaña rusa de los cambios de lugares. Te permite fluir y vivir el momento con más foco e intención. Disfrutar a cada mili-segundo.

Pero llega el día cuándo debes dejar el sitio y dejar tus nuevos amigos atrás. Ellos siguen en su dinámica y tu desapareces. En unos sitios dejas atrás más hueco en otros, ni se nota que hay una persona menos. Tienes ganas de quedarte, pero sabes que estás en el camino y tienes que seguir tu camino, aún no es momento de quedarse.

Llevas un trocito de las personas contigo y dejas un trocito de ti para ellos.

Nada es lo mismo que era antes de llegar, ahora ya tenéis esas experiencias compartidas que os vincularán para siempre.

Esos últimos abrazos que parecen que nunca terminan, esas últimas palabras que esperas que recordarás a decir todo lo que sientes importante, esas lágrimas que a veces no paran, esas paradas de autobuses o trenes dónde te quedas sola otra vez con todas esas experiencias cargadas en tu mochila.


¿Voy a volver a ver estas personas alguna vez más en mi vida? Nunca lo sabes. Pero sabes que estáis conectadas y el desvinculo es obligatorio temporalmente.

A veces solo coges el teléfono y llamas por WhatsApp a personas que están físicamente a miles de kilómetros, pero muy cerca de ti y empezáis a charlar, como aquél momento de puesta de sol en la cima de la montaña tomando una infusión.

Eres capaz de tele-transporte a momentos y lugares lejanos, porqué ya son parte tuya, están en tu interior solo necesitas activarlos.

Volver. Es la parte del ciclo que menos he practicado todavía, aún no es su momento. Las pocas veces que he podido volver me he dado cuenta de la diferencia que hace conocer ya los lugares y personas. Da confianza y te hace ilusión volver a vivir por segundo experiencias ya vividas, esos abrazos que ya son conocidos, esas sonrisas de cómplices, un respiro de la montaña rusa de novedades.

Espero que practicando me estaré haciendo experta en cómo navegar en esta lavadora de emociones que por ahora me resulta bastante difícil. A la vez estoy agradecida por cada segundo, por cada persona que puedo conocer y quiero más de estos espirales adictivos.